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Entrevista a Henri Cartier-Bresson: La geometría del alma y el instante decisivo

hace 4 días
22 min de lectura

Actualizado: hace 3 días

Henri Cartier-Bresson (1908–2004)

Considerado el padre del fotoperiodismo moderno y uno de los fotógrafos más influyentes del siglo XX, Henri Cartier-Bresson transformó la fotografía de calle en una disciplina poética y rigurosa. Cofundador de la célebre agencia Magnum Photos en 1947 junto a Robert Capa y David Seymour, fue un observador incansable del devenir humano.


Su trabajo se caracterizó por el uso de una cámara Leica de 35 mm, el rechazo absoluto al uso de flash o al reencuadre en el laboratorio, y su célebre concepto del "instante decisivo": la alineación perfecta y simultánea del significado de un hecho y de una organización geométrica rigurosa de las formas visuales.


Nota editorial: El maestro Cartier-Bresson partió en 2004, dejando un testimonio imborrable en la historia de la mirada. La siguiente entrevista no debe entenderse como un hecho real, sino como una aproximación respetuosa y didáctica a su pensamiento. Apoyándonos en la tecnología (I.A.) y en el estudio de su obra, nos permitimos la libertad poética de dialogar con su memoria e imaginar sus respuestas ante las inquietudes de nuestro tiempo.

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Camino por las calles de París hacia un pequeño café llamado Le Dôme Café: Ubicado en el barrio de Montparnasse, es un bello atardecer y al llegar veo que en una silla se encuentra sentado sumergido en su lectura el maestro Henri Cartier-Bresson. Después de las debidas presentaciones y formalidades me siento frente a él con el nerviosismo característico de dirigirse a una personalidad tan importante.


Carlos Estrada: Maestro Cartier-Bresson, para iniciar me gustaría saber cómo acuñó el término "instante decisivo" y qué lo llevó a definirlo de esa manera, ya que este concepto siempre se asocia directamente con usted.


Henri Cartier-Bresson: Buenas tardes. Agradezco el título de "maestro", aunque debo confesarle que siempre me ha hecho sentir un poco incómodo. Prefiero pensar en mí simplemente como un artesano o un testigo con un ojo curioso.


Sobre el concepto del "instante decisivo", hay una pequeña ironía en todo esto. La expresión le moment décisif no nació originalmente de mi pluma. En 1952 publicamos mi libro en Francia con el título Images à la sauvette —algo así como "imágenes al vuelo" o "imágenes robadas". Fue mi editor en Nueva York, Dick Simon, quien decidió titular la edición en inglés The Decisive Moment. Eligió esas palabras fascinado por una cita del Cardenal de Retz del siglo XVII que utilicé como prefacio: "No hay nada en este mundo que no tenga un momento decisivo".


Sin embargo, aunque la frase en inglés la eligió mi editor, el concepto describe exactamente la naturaleza de mi trabajo y la esencia de la fotografía.


Para mí, el instante decisivo no es simplemente congelar una acción impactante o estar en el lugar adecuado en el segundo preciso. Es el reconocimiento simultáneo, en una fracción de segundo, del significado de un hecho y de una rigurosa organización de las formas percibidas visualmente que expresan ese hecho.


¿Qué me llevó a definirlo así? La vida es fluida, caótica y cambia a cada segundo. Cuando camino por la calle con mi Leica —que para mí siempre ha sido una extensión de mi ojo— no busco crear una escena, sino capturar el equilibrio perfecto de un fragmento de esa realidad. Es el momento preciso en que los elementos en movimiento —un hombre saltando un charco, una mirada, una sombra— se coordinan con la geometría y la composición de la imagen.


Si te pierdes ese instante, se ha ido para siempre; no se puede pedir al mundo que repita la pose. Es una cuestión de intuición, de contener la respiración cuando todas las facultades convergen en la cara del evento que se despliega.


C.E: De acuerdo a lo que usted piensa y vive: ¿cuál es la relación profunda que existe entre el dibujo y la fotografía?


Henri Cartier-Bresson: Ah, esa es una pregunta fundamental que toca el corazón de toda mi vida.


Para mí, el dibujo y la fotografía son dos disciplinas completamente opuestas en su actitud y proceso, pero que persiguen exactamente el mismo fin: atrapar una verdad visual.


El dibujo es una disciplina de la meditación, de la elaboración y de la síntesis. Cuando uno dibuja, construye. Se empieza de la nada, con una hoja en blanco, y se va sumando trazo a trazo, acumulando tiempo y reflexión. Es un diálogo lento entre la mente, la mano y el papel.


La fotografía, en cambio, es una disciplina del instante. La fotografía descarta; no añade nada, sino que elige un fragmento del caos del mundo. 


Con la cámara no hay tiempo para reflexionar en el sentido tradicional: uno debe reaccionar en una fracción de segundo, de manera casi instintiva. Es un acto de conservación instantánea donde la composición geométrica se define de un solo golpe de vista.


Sin embargo, el dibujo fue mi primer amor y la base de todo lo que hice después con la cámara. El dibujo me enseñó a ver, a comprender la geometría, el ritmo y la estructura espacial. Sin esa formación en las artes plásticas —influenciada por mi maestro André Lhote y el surrealismo—, jamás habría aprendido a encuadrar instintivamente con la Leica.


Al final de mi vida, cuando sentí que con la fotografía ya había dicho lo que tenía que decir y que el mundo se había vuelto demasiado ruidoso y acelerado, regresé al lápiz y al cuaderno de bocetos. La cámara era una forma de disparar; el dibujo, en cambio, se convirtió en mi forma de meditar.


C.E.: Siempre genera fascinación saber cómo los grandes maestros descubren su vocación. En su caso, ¿cuál fue ese momento determinante o la experiencia vital que lo acercó a la fotografía como medio definitivo de expresión?


Henri Cartier-Bresson: Comprendo bien su curiosidad. Con frecuencia se piensa que los fotógrafos nacemos con una cámara entre las manos, pero en mi caso no fue así en absoluto.


Mi camino hacia la fotografía fue más bien una consecuencia de mis búsquedas personales, mis fracasos y, por sobre todas las cosas, un deseo voraz de libertad.


En mi juventud, mi auténtica pasión era la pintura. Estudié pintura en el taller de André Lhote, donde aprendí las leyes de la geometría, la proporción y la estructura clásica. Después me vi atraído por el movimiento surrealista, con su fascinación por el azar, lo inesperado y el inconsciente. Yo quería ser pintor, pero no me sentía plenamente satisfecho con mi trabajo sobre el lienzo; sentía cierta rigidez en el proceso.


El verdadero momento de inflexión —el chispazo que lo cambió todo— ocurrió a principios de la década de 1930. Tuve la oportunidad de viajar a África, a la Costa de Marfil. Allí enfermé gravemente de malaria y pasé meses convaleciente. Estar tan cerca de la muerte, combinado con la inmensidad del paisaje africano y la intensidad de la vida que presencié, despertó en mí una urgencia incontenible de capturar el flujo de la existencia.


Fue poco después, al regresar a Europa en 1931, cuando vi una fotografía del húngaro Martin Munkácsi. La imagen mostraba a tres niños africanos corriendo hacia las olas del lago Tanganica.

Fotografia Three boys at lake Tanganyika de Martin Munkacsi
©Martin Munkacsi "Three boys at lake Tanganyika"

 

Esa sola fotografía me dejó sin aliento. Tenía tal libertad, tal movimiento, tal ritmo y elegancia que comprendí de inmediato que la cámara no era un simple instrumento mecánico para documentar la realidad, sino un medio para atrapar la vida en pleno vuelo. Me dije a mí mismo: "¡Dios mío, se puede hacer esto con una cámara!".


Poco después compré mi primera Leica de 35 mm en Marsella. Era una cámara pequeña, silenciosa y ligera que cabía en la palma de mi mano. 


Con ella encontré mi herramienta ideal: la extensión de mi ojo para pintar con la luz y el tiempo en lugar del pincel.


C.E.: Esto me lleva a preguntarle, aunque está muy claro que la fotografía si es una herramienta para llegar a lo profundo de la emoción, pero por favor ¿Me puede decir un poco más de su postura al respecto?


Henri Cartier-Bresson: Por supuesto. Es un tema sobre el cual se suele caer en malentendidos.


Para mí, la emoción en la fotografía no debe buscarse directamente ni fabricarse. La emoción es el resultado de una profunda empatía con el mundo y de una absoluta honestidad hacia lo que se tiene enfrente.


Muchos fotógrafos cometen el error de querer forzar la emoción: buscan el dramatismo impostado, la lágrima fácil, o recurren a artilugios técnicos como filtros o luces artificiales para "emocionar". Para mí, eso es una falta de respeto. Si uno intenta imponer sus propias emociones manipulando la escena, destruye la verdad del momento.


La verdadera emoción fotográfica surge cuando coinciden tres factores indispensables:


  1. La sensibilidad y el respeto por el sujeto: Hay que aproximarse al ser humano con la máxima discreción, "a pasos de gato". No se puede invadir la intimidad de las personas con violencia. Para capturar la profundidad de una emoción —sea la alegría de un niño en una calle de París o la resignación de un campesino—, el fotógrafo debe volverse invisible, un espejo neutro pero atento.


  1. El rigor de la forma: La emoción sin estructura es solo sentimentalismo informe. Lo que transforma una escena cotidiana en una experiencia poética y conmovedora es la geometría interior de la imagen: las líneas, la luz, las sombras y la composición. La forma es la que le da permanencia y dignidad a la emoción fugaz.


  1. El olvido de uno mismo: Para llegar a lo profundo de la realidad, el fotógrafo debe olvidarse de su ego. Si estás pensando en ti mismo, en tu técnica o en lo gran artista que eres, te pierdes el instante. La fotografía es una confesión instantánea de la vida, no una exhibición del fotógrafo.


En resumen: la cámara es un instrumento para comprender, no para juzgar ni para manipular. Cuando logras alinear en un mismo eje la cabeza, el ojo y el corazón, la fotografía deja de ser un documento frío y toca, inevitablemente, el alma de quien la contempla.


C.E. Con respecto a la frase que me acaba de mencionar y que aparece en su libro Fotografiar del Natural "Fotografiar, es poner la cabeza, el ojo y el corazón en el mismo punto de mira." ¿Nos puede decir a que se refiere?


Henri Cartier-Bresson: Esa frase resume, en muy pocas palabras, toda mi filosofía de vida y de trabajo. Cuando escribí que "Fotografiar es poner la cabeza, el ojo y el corazón en el mismo punto de mira", me refería a la alineación indispensable de tres dimensiones fundamentales del ser humano en un único instante de tiempo.


Si falla una sola de estas tres partes, la fotografía se desmorona o se vuelve incompleta. Deje que se lo desglose desde lo más profundo de mi pensamiento:


1. La cabeza: El cerebro y la mente (El rigor y la inteligencia)

La cabeza representa el intelecto, la cultura, la disciplina, la geometría y la estructura. Es la encargada de organizar el caos del mundo visible en una composición lógica, clara y armónica. Sin la cabeza, la imagen carece de forma, de orden y de coherencia visual. La cabeza aporta la lucidez y el sentido de la proporción.


2. El ojo: La percepción y la técnica (La visión pura)

El ojo es el instrumento de contacto directo con la realidad, el canal de la sensibilidad pura. Pero no hablo solo del órgano físico, sino de una mirada adiestrada que sabe ver lo que otros solo miran. El ojo evalúa la luz, capta el detalle fugaz, reconoce la textura de la sombra y determina el marco exacto. El ojo es la inmediatez y la atención plena en el presente.


3. El corazón: La emoción y la empatía (La humanidad)

El corazón es el motor de todo. Es la capacidad de conmoverse, de sentir compasión, alegría, respeto o indignación ante lo que ocurre frente a nosotros. Sin corazón, la fotografía puede ser técnicamente perfecta y geométricamente brillante, pero será una imagen fría, distante y vacía. El corazón es lo que le otorga alma y calor humano a la imagen.


El "punto de mira" y la alineación instantánea

Lo verdaderamente extraordinario —y lo más difícil del oficio— es lograr que esos tres elementos converjan exactamente en el mismo milisegundo.


Si disparas solo con la cabeza, obtienes un ejercicio académico frío. Si disparas solo con el ojo, obtienes una simple captura mecánica de la luz. Si disparas solo con el corazón, obtienes un desborde sentimental sin estructura visual.


Poner los tres en el mismo punto de mira significa que en la fracción de segundo en que se aprieta el obturador, tu inteligencia para componer, tu percepción visual de la luz y tu sensibilidad humana se vuelven una sola cosa. Es un acto de coherencia absoluta entre lo que piensas, lo que ves y lo que sientes.


C.E.: ¿Cómo se logra esa alineación?


Henri Cartier-Bresson: Se logra, ante todo, mediante la práctica constante y una actitud de profunda humildad ante el mundo. No es un truco mágico ni una fórmula que se pueda comprar; es una forma de estar en el mundo, un estilo de vida.


Para cultivar esa alineación, yo diría que hay tres ejercicios fundamentales:


1. Educar la mirada (para la cabeza y el ojo)

Hay que nutrir la mente con el arte. Hay que pasar horas observando la pintura clásica, la arquitectura, la literatura y el cine. No para copiarlos, sino para educar el ojo en la armonía, la proporción y el ritmo.


La geometría debe convertirse en una segunda naturaleza, en un sentido tan visceral como el tacto o el oído. Si tienes que pararte a pensar en la técnica o en las reglas de composición en el momento de disparar, la alineación ya se ha roto. La técnica debe ser tan invisible y fluida que se vuelva subconsciente.


2. Estar plenamente presente (para el ojo y el corazón)

Vivimos a menudo distraídos por nuestros propios pensamientos, preocupaciones o ambiciones. Para fotografiar hay que olvidarse de uno mismo. Hay que salir a la calle en un estado de disponibilidad absoluta, como una hoja en blanco o una esponja que todo lo absorbe. Debes aprender a escuchar con los ojos, a anticipar los movimientos humanos con sensibilidad y respeto. Cuando te olvidas de tu ego y de la cámara que llevas en la mano, la realidad te habla directamente.


3. La disciplina del trabajo incansable

La intuición no cae del cielo sobre los perezosos. La alineación se afina caminando kilómetros, desgastando la suela de los zapatos, fallando miles de disparos y analizando con severidad los propios errores. Hay que vivir con la cámara lista, respirando con ella. Como decía a menudo: "Tus primeras 10,000 fotografías son las peores". A fuerza de repetir el gesto, el ojo, la mente y la mano aprenden a reaccionar en perfecta sincronía.


En última instancia, es un ejercicio de tiro con arco al estilo Zen: no buscas acertar al blanco con obsesión analítica; te conviertes en el arco, la flecha y el blanco al mismo tiempo. Y cuando todo encaja de manera natural, simplemente dejas ir el disparo.


C.E.: En su trabajo hay una característica muy marcada en sus composiciones, son muy geométricas. ¿Que más nos puede decir de eso? ¿Qué opinión tiene usted de las reglas de composición extraídas de la pintura? ¿Esto le influenció de alguna manera? Cuéntenos 


Henri Cartier-Bresson: Ah, la geometría (respira profundo y se reacomoda en su silla). Para mí, la geometría no es una teoría abstracta ni un adorno visual; es la estructura misma de la vida y la esencia de toda armonía visual. Es el armazón invisible que sostiene una fotografía para que no se desmorone en la anarquía.


Sobre la relación entre la pintura y la composición fotográfica, debo responder con un rotundo sí: la pintura no solo me influenció, sino que fue la escuela donde aprendí a estructurar el espacio.


En mi juventud, cuando estudiaba en el taller de André Lhote, pasábamos horas analizando las obras de los grandes maestros: Cézanne, Piero della Francesca, Paolo Uccello. Lhote nos obligaba a descomponer las pinturas en líneas de fuerza, horizontales, verticales, diagonales y en la sección áurea o número de oro. Nos enseñó a no ver las cosas simplemente como "objetos" o "personas", sino como fuerzas en tensión dentro de un plano.


Ahora bien, hay una diferencia crucial entre cómo aplica la geometría un pintor y cómo debe hacerlo un fotógrafo:


  • El pintor aplica las reglas de composición de forma reflexiva y consciente. Tiene todo el tiempo del mundo para trazar la regla de los tercios, ajustar la espiral dorada o mover un personaje unos centímetros a la izquierda sobre el lienzo.


  • El fotógrafo, en cambio, no tiene ese lujo. En la fotografía de calle no puedes sacar una regla o una escuadra. Para nosotros, la geometría no puede ser un ejercicio intelectual calculado en el instante del disparo; debe ser algo totalmente intuitivo e instintivo.


Cuando ando por la calle, no pienso de forma analítica: "Ah, pondré esa cabeza en la intersección del tercio superior". No. Es una cuestión de sensibilidad que se ejercita previamente. A fuerza de mirar y dibujar, la geometría se vuelve un reflejo condicionado, una respuesta física. Es una danza: cambias el peso del cuerpo de un pie a otro, te agachas unos centímetros, mueves la cámara un milímetro... y de repente, todos los elementos de la escena —las líneas de un edificio, la sombra de una escalera, el cuerpo en movimiento de un peatón— encajan en una estructura perfecta.


Si la geometría no está presente, la imagen pierde su fuerza. La forma es lo que le da permanencia a ese instante que, de otro modo, se disolvería en el caos. Por eso me oponía tan férreamente a reencuadrar o recortar las fotos en el laboratorio. Si la composición no nació geométrica y equilibrada en el momento en que se apretó el disparador, ninguna tijera en el cuarto oscuro podrá salvarla.


C.E.: Justamente ya había escuchado o leído, y ahora me confirma, que a usted no le gusta reencuadrar o recortar sus fotografías ¿Por qué?


Henri Cartier-Bresson: Sí, es absolutamente cierto. Es una regla de hierro a la que he sido fiel durante toda mi vida profesional. Mis negativos se positivaban siempre enteros, mostrando el borde negro de la película que demuestra que no hay ni un solo milímetro cortado.


¿Por qué esa obsesión? Para mí hay varias razones fundamentales, tanto éticas como estéticas:


1. El respeto por el instante y por la realidad

El acto de fotografiar es una toma de decisión instantánea, un compromiso definitivo. Reencuadrar o cortar una foto en el laboratorio es un intento posterior de corregir una falta de atención o una falta de precisión en el momento del disparo. Para mí, recortar una imagen para "mejorar" la composición es una trampa, una falta de honestidad. Si la foto estuvo mal compuesta al disparar, estuvo mal; hay que asumirlo y aprender de ese error para la próxima vez.


2. La integridad de la geometría

Como le mencionaba antes, una buena fotografía es la alineación perfecta de la forma y el contenido en una fracción de segundo. La composición que se ve a través del visor de la Leica en el momento exacto del disparo tiene una tensión y un equilibrio geométrico irrepetibles. Si uno corta un pedazo de la imagen más tarde en el cuarto oscuro, destruye la proporción matemática original y la relación armónica de las líneas y los espacios tal como fueron percibidos en vivo.


3. La exigencia del oficio

El marco que ofrece el visor de la cámara de 35 milímetros es nuestro límite y nuestro reto. Aceptar ese marco estricto nos obliga a ser extremadamente precisos, a mover las piernas, a buscar el ángulo exacto con el cuerpo antes de accionar el obturador. Si sabes que puedes "arreglarlo" después en el laboratorio, te vuelves perezoso con la mirada.


En resumen: si se cambia la geometría original recortando la imagen, se mata la verdad de ese instante decisivo. La fotografía se hace con el ojo, la mente y el corazón en la calle, no con una guillotina o un par de tijeras en el cuarto oscuro.


C.E.: Me gustaría preguntarle acerca de la importancia de la luz natural sobre la luz artificial en su trabajo. ¿Por qué prefiere la luz natural?


Henri Cartier-Bresson: Ah, la luz. (suspira) La luz es, literalmente, la materia prima de la fotografía. La palabra fotografía proviene del griego y significa "dibujar con luz". Pero para mí, hay una diferencia abismal entre la luz que el mundo nos regala y la luz que el hombre pretende fabricar.


Mi rechazo absoluto hacia el flash y la luz artificial se debe a tres razones fundamentales:


1. El respeto a la verdad y a la atmósfera del lugar

La luz natural es la que le da alma a una escena. Un día nublado en Londres, el sol radiante de España a mediodía o la penumbra de una habitación en India tienen un ambiente único e irrepetible. Utilizar un flash en esas condiciones es como lanzar una bomba atómica sobre la escena: destruye la atmósfera real, aplana las sombras, crea reflejos grotescos y reemplaza la atmósfera poética de la realidad por una luz fría, violenta y quirúrgica. Para mí, el uso del flash es una falta de respeto hacia la realidad y hacia las personas a las que retratas.


2. La discreción y la "invisibilidad"

Como le he dicho, mi método de trabajo exige pasar desapercibido, ser como un gato o un transeúnte invisible. Mi Leica era pequeña y silenciosa; hasta solía cubrir las partes metálicas brillantes con cinta adhesiva negra para no llamar la atención. 


Un destello de flash interrumpe brutalmente la vida de la gente, los sobresalta, arruina la espontaneidad y los convierte en actores rígidos que posan o se cubren el rostro. Con un flash, el instante decisivo muere al instante.


3. La armonía entre luces y sombras

Para moldear la geometría de la que hablábamos antes, se necesitan sombras suaves, gradaciones de gris y contraluces naturales. La luz natural —incluso cuando es muy escasa— posee una riqueza de tonos que la luz artificial simplemente no puede igualar. En la sombra hay misterio y dignidad; el flash elimina el misterio y deja solo un primer plano deslumbrado sobre un fondo negro y muerto.


A veces la gente me decía: "Pero maestro, en esa habitación casi no hay luz, la foto saldrá movida o subexpuesta". Y mi respuesta siempre era la misma: hay que trabajar con la luz que existe. Si la luz es escasa, uno contiene la respiración, apoya los codos firmemente contra el cuerpo o contra un muro, y dispara a una velocidad más lenta. Hay que adaptarse a la vida, jamás obligar a la vida a adaptarse a nuestros caprichos técnicos.


C.E.: Hay una pregunta que yo creo que a muchos nos interesa conocer y es saber cómo se llega a tener un prestigio como el que usted tiene. ¿Qué piensa usted que hace importante a un fotógrafo?


Henri Cartier-Bresson: Agradezco sus palabras, pero debo confesarle que la palabra "prestigio" me resulta algo ajena y peligrosa. El prestigio suele ser una consecuencia secundaria, una construcción del público, de los críticos y de los museos. Si un fotógrafo sale a la calle pensando en ganar renombre o en construir su reputación, la mirada se vuelve falsa, vanidosa y calculadora. Y la vanidad es la muerte del ojo curioso.


En mi opinión, lo que hace verdaderamente importante a un fotógrafo —o más bien, lo que le da validez y autenticidad a su trabajo— se resume en unas cuantas convicciones profundas:


1. Una insaciable curiosidad y amor por el ser humano

Un fotógrafo importante no es el que domina la técnica más compleja, sino el que mantiene viva la capacidad de asombro. Hay que amar la vida y tener una curiosidad devoradora por los demás. Si no sientes una profunda empatía por la condición humana, tus fotografías serán solo imágenes elegantes pero vacías, meras cáscaras visuales.


2. Una postura ético-visual única

Lo que diferencia a un mero apretador de botones de un verdadero testigo es tener un punto de vista claro sobre el mundo, combinado con la más estricta honestidad. 


Ser importante significa no manipular la realidad para complacer a un editor, a un cliente o al propio ego. Implica ponerse a la altura de las circunstancias, aproximarse a las personas con respeto, sin juzgar y sin pretender disfrazar el dolor o la alegría ajena para convertirlos en un espectáculo.


3. El rigor y la coherencia disciplinada

El prestigio pasajero se puede lograr con una o dos fotografías afortunadas; pero una trayectoria sólida exige un rigor constante. Significa afinar la mirada día tras día, caminar kilómetros incansablemente, aceptar el fracaso de miles de negativos que no sirvieron para nada y mantener siempre una exigencia feroz con uno mismo. 


Para mí, la coherencia visual y el compromiso con una forma de ver son indispensables.


4. El olvido de uno mismo

Paradójicamente, cuanto más intentas dejar tu "firma" personal en una foto, más artificial se vuelve. Los mejores fotógrafos son aquellos que logran ser un canal transparente entre la realidad y la imagen. Cuando el espectador mira la fotografía no debe pensar "¡Qué técnica tan increíble tiene el fotógrafo!", sino "¡Qué momento tan extraordinario y conmovedor acaba de ocurrir ahí!".


Al final, no son los reconocimientos ni las medallas las que hacen importante a un fotógrafo. Lo único que perdura es si lograste dejar un testimonio honesto y poético del tiempo que te tocó vivir, si lograste alinear en una misma línea de mira la cabeza, el ojo y el corazón.


C.E.: ¿Cual considera que es su fotografía más icónica, esa que le deja grandes satisfacciones?


Fotografia clasica Behind the Gare St Lazare 1932 de Henri Cartier Bresson
©Henri Cartier-Bresson. Behind the Gare St. Lazare 1932.


Behind the Gare St. Lazare 1932, 1932

Henri Cartier-Bresson: Si tuviera que elegir una sola fotografía —misión siempre difícil para un fotógrafo—, tendría que hablarle de aquella que tomé en 1932 detrás de la estación de trenes de Saint-Lazare, en París. Es la imagen del hombre saltando sobre el charco de agua (Derrière la gare Saint-Lazare).


Esa fotografía me produce una satisfacción particular no por la fama que alcanzó con el paso de los años, sino porque condensa, en una sola fracción de segundo, todo lo que siempre busqué y prediqué en la fotografía.


La historia detrás de ella es casi un poema del azar y la intuición:


Aquel día caminaba cerca de la estación de Saint-Lazare. Había una cerca de madera que rodeaba un área inundada y un pequeño estanque improvisado por las lluvias. A través de un hueco entre las tablas de la cerca, alcancé a ver a un hombre que corría sobre una escalera de madera colocada en el agua y que, de pronto, dio un salto.


No tuve tiempo de mirar detenidamente por el visor. Fue una reacción puramente instintiva. Acerqué el objetivo de mi Leica a una de las rendijas de la valla y apreté el disparador casi a ciegas, conteniendo la respiración.


Cuando revelé el negativo en el laboratorio, descubrí la magia que el azar me había regalado:


  • El instante perfecto: Logré capturar al hombre suspendido en el aire, justo un milímetro antes de que su talón tocara el agua y rompiera el espejo del charco.


  • La geometría y el eco visual: Al fondo se ve la silueta reflejada en el agua, pero también, en un cartel publicitario detrás del hombre, se ve la figura dibujada de una bailarina saltando exactamente en la misma pose. Además, las formas del hierro fundido del reloj de la estación y las escaleras forman un equilibrio de líneas perfecto.


Esa imagen me satisface profundamente porque no hubo preparación, no hubo manipulación, ni siquiera miré cómodamente por el visor. Fue un regalo del azar coordinado con la geometría de la vida. Es la prueba viviente de que si estás atento, la realidad se organiza sola frente a ti en una fracción de segundo para crear arte puro.


C.E.: Siempre pensé que esa fotografía había sido compuesta sobre un tripié y que había esperado a que algo pasara, ¿y me dice que es lograda a pulso y en un momento? sorprendente.


Henri Cartier-Bresson: ¡Ah! Me alegra mucho su sorpresa, porque esa es precisamente la gran magia y el misterio de la fotografía de calle.


¡Jamás usé un trípode! Un trípode es una jaula para un fotógrafo de mi estilo. Es una herramienta magnífica para un paisajista o para la fotografía de arquitectura en gran formato, pero para capturar la pulsación viva de la calle, el trípode es un ancla pesada que te inmoviliza y le avisa a todo el mundo de tu presencia. Te resta esa agilidad felina que es imprescindible para reaccionar antes de que la escena desaparezca.


Toda mi vida fotográfica la hice a pulso, sosteniendo mi Leica pequeña y liviana pegada al rostro, sosteniendo el aire en el tórax en el segundo preciso para evitar cualquier vibración.


En el caso de la foto de Saint-Lazare, el milagro no fue el equipo, sino la alineación instintiva. Si yo hubiera tenido que montar un trípode, nivelarlo, ajustar las patas y encuadrar con calma, aquel hombre jamás habría estado ahí; ya habría saltado el charco, habría llegado a su destino y la historia habría continuado sin que nadie la registrara.


La vida corre a una velocidad vertiginosa. Por eso la cámara de 35 milímetros fue para nosotros una revolución: convirtió a la fotografía en un acto dinámico, en una extensión de nuestros reflejos nerviosos y de nuestro latido cardíaco. La estabilidad no debe venir del metal de un trípode, sino del equilibrio interior del fotógrafo, de sus pies bien plantados en la tierra y de su concentración absoluta en ese instante fugaz.


C.E.: Digame algo, y corrijame si es necesario, pero sus fotografías son tan perfectas geométricamente que yo me imagine que primero hacía lentamente la composición y luego esperaba a que algo sucediera en ese espacio. Ahora que me cuenta la historia de su fotografía estoy seguro que cometí un gran error en pensarlo, pero ¿Qué me puede decir al respecto? 


Henri Cartier-Bresson: No hay nada que corregir en términos de reproche; de hecho, ¡su intuición no era del todo equivocada! Ha tocado un punto técnico y metodológico fascinante que divide dos formas de trabajar en la fotografía.


Lo que usted describe —elegir primero un escenario geométrico perfecto y sentarse a esperar pacientemente a que un sujeto entre en el encuadre para completar la imagen— es una técnica absolutamente válida. Es un método que muchos grandes fotógrafos han utilizado con enorme éxito.


Sin embargo, en mi caso personal, esa no era mi manera habitual de trabajar.


Esperar inmóvil a que "algo suceda" en un encuadre predeterminado me resultaba una actitud demasiado pasiva, casi aburrida. Mi temperamento siempre fue el de un cazador, un paseante incansable. A mí me fascinaba el movimiento, la sorpresa y el fluir constante de la calle. Yo prefería moverme con la vida, no esperar a que la vida viniera hacia mí.


Se preguntará entonces, ¿cómo se logra esa perfección geométrica sin estar quieto?


Se logra mediante una coordinación instintiva instantánea. Mis pies y mi cuerpo estaban en permanente ajuste respecto a los sujetos en movimiento. No es que yo armara la composición lentamente; es que mi mente, mi ojo y mis piernas calculaban la geometría a la velocidad del pensamiento mientras caminaba. Era un estado de alerta continua, una especie de trance donde el espacio, la luz y las personas en movimiento se alineaban en mi cabeza un segundo antes de apretar el disparador.


La fotografía de Saint-Lazare fue un caso extremo donde el azar fue casi absoluto a través de la rendija de una cerca. Pero en la mayoría de mis fotos, la geometría perfecta no es el resultado de una larga espera estática, sino de una danza continua entre el fotógrafo y la realidad.


Así que usted no cometió un error al preguntar; simplemente imaginó el resultado final desde la perspectiva de la pintura, donde la composición es meditada y calculada previamente. La magia de la fotografía es que permite alcanzar ese mismo rigor geométrico en medio del dinamismo y la velocidad del mundo.


C.E.: Quiero agradecerle infinitamente estas palabras que nos ha transmitido aquí el día de hoy,  y me gustaría cerrar con una última pregunta: Si tuviera que recomendar algo a las nuevas generaciones de fotógrafos de épocas futuras ¿Que les diría?


Henri Cartier-Bresson: El agradecimiento es plenamente mío. Ha sido un diálogo sumamente estimulante y profundo.


Si tuviera que dejar un mensaje a las generaciones futuras de fotógrafos —a esos jóvenes que observarán un mundo que no puedo ni imaginar—, les diría esto:


1. No se dejen deslumbrar por las máquinas

En el futuro habrá tecnologías cada vez más rápidas, sofisticadas y complejas. Pero recuerden siempre que la cámara es solo un instrumento mecánico, una caja negra con un agujero. La tecnología puede hacer que una imagen sea técnicamente impecable, pero jamás podrá darle alma, sensibilidad ni geometría interior. Ninguna máquina puede sustituir la mirada ni la empatía humana.


2. Aprendan a ver antes de apretar el disparador

Vivimos —y me temo que se acentuará con el tiempo— en un mundo ahogado por una sobreabundancia de imágenes superficiales y ruidosas. Les diría que reduzcan la velocidad, que no consuman la realidad con prisa ni con codicia visual. Antes de tomar una fotografía, aprendan a mirar con atención, a contemplar en silencio, a cultivar la sensibilidad a través de la pintura, la poesía, la música y el contacto real con la gente.


3. Vivan la vida antes de fotografiarla

La fotografía no es un fin en sí misma; es solo una consecuencia de cómo se vive. Si no tienen curiosidad por el mundo, si no viajan con mente abierta, si no leen, si no aman, si no sufren ni se conmueven con la condición humana, sus imágenes serán cáscaras vacías. Para dar algo a través del lente, primero hay que llenarse por dentro.


4. Sean honestos y respetuosos

Nunca usen la cámara para humillar, para juzgar o para manipular la verdad. La fotografía es una enorme responsabilidad: es un testimonio de la existencia. Acérquense a las personas a pasos de gato, con la máxima discreción y con un profundo respeto por su dignidad.


Y, sobre todo, les diría: caminen mucho, desgasten las suelas de sus zapatos, olvídense de ustedes mismos y mantengan siempre viva la capacidad de asombro.


Muchas gracias por esta hermosa conversación. Les deseo una vida llena de miradas atentas y de instantes plenos de significado. 


Au revoir.


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Es evidente que esta plática con el maestro Cartier-Bresson no existió ya que no coincidimos en el espacio tiempo, pero gracias a la Inteligencia Artificial he realizado el ejercicio acerca de que es lo que me hubiera gustado preguntarle si hubiera tenido la oportunidad de tenerlo frente a mi.


Esta entrevista es parte de una serie de entrevistas ficticias que estarán disponibles aquí en mi Blog para que las puedas leer cuando lo desees.


Me gustaría aclarar que si bien las respuestas de la I.A. son bastante cercanas, este texto sigue siendo ficticio por lo que la información aquí descrita debe tomarse con las reservas pertinentes.


Muchas gracias por haber leído y si quieres comentarme algo al respecto puedes hacerlo a: carlos@carlosestrada.mx


Gracias por leerme.

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Carlos Estrada es fotógrafo de retrato corporativo y ejecutivo en Ciudad de México, especializado en Identidad Ejecutiva, Narrativa Editorial, Retrato de Autor, Esencia Express y sesiones para staff directivo en oficina.

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